La espera en la habitación

Las campanas de toda la ciudad repicaban tan fuerte que el eco de aquellas se escuchaba entre cada toque de estas. El sol hacía horas que le había despertado y ahora comenzaba incluso a molestarle.

En las calles la gente cantaba, corría y sobre todo gritaba. No podía verlos tumbado sobre el colchón pero conocía bien la ciudad en esas fechas. Por el ruido podía casi ver el desfile de gente;  los niños corriendo entre el gentío para ver pasar la comitiva, los viejos comentando a gritos, los músicos desfilando al son de aquella música triunfal que se mezclaba con todo lo demás …

La mano detrás de la nuca, la mirada perdida más allá del techo del cuarto, la otra mano mesándose la barba y rascándola. Esperando sin poder ni querer dejar de pensar en lo que estaba esperando.

Cuando la música estaba ya a unas tres manazas se incorporó, puso la suela de sus botas en el suelo, pasó la palma de su mano izquerda por los nudillos del puño cerrado de la derecha y se puso en pié. Entonces se abrochó cada botón de la chaqueta, se frotó la cara de arriba a abajo con ambas manos y abrió la puerta.

Antes de salir y parado en el quicio se giró, miró en dirección a lo que había encima de la mesa y estiró su brazo para recogerlo. En aquellos días, si tenía que matar, llevar una espada era seguramente la mejor manera de pasar desapercibido.

Foto: Creative Commons Esteban Chiner

Pablo Bernardo
Pablo Bernardo

Hola, soy Pablo. Soy programador frontend, padre, estudiante de zen y otras cosas. Para saber más, lee algunas entradas.